Los egipcios fueron pioneros en considerar el cabello un elemento de seducción. Los esclavos hicieron de peluqueros de sus amos, les aplicaban tintes, grasas perfumadas y recortaban su cabellera. O bien les confeccionaban pelucas de lana o pelo natural al gusto de la época: lacias, a menudo trenzadas, con o sin flequillo y sujetas con diademas para emular su juventud eterna.
Los griegos preferían, en cambio, la melena con movimiento, a base de bucles, o los elaborados recogidos que embellecían con sencillos adornos. Crearon escuelas de peluquería y escribieron no pocos tratados capilares.
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